01 mayo 2015

San Felipe y su transición de cuatro ruedas a ruedas en línea: desde las rolineras hasta el silicón( Ruddy González)


En San Felipe se ha patinado y hoy en día se patina. Muchachos han recorrido las calles y avenidas de esta ciudad desde hace ya más de 60 años. Patinetas, patines, monopatines,  han sido las “herramientas”  empleadas en la evolución de este ejercicio urbano. Criticado por muchos, apreciado por pocos, el “skate” y el “roller” son prácticas callejeras que se remontan a mediados de la década de los sesenta en un San Felipe muy conservador.

                El  tiempo no sólo ha servido para convertir al patinaje en  un deporte exigente, sino que,  a la vez, han sido notorios los avances tecnológicos que apuntan al perfeccionamiento de los implementos de  este ejercicio, que en sus inicios fue actividad recreativa. Patines graduables con cuatro  ruedas de acero con rodamientos  de rolineras o cojinetes esféricos (Union 24, Winchester), dispuestas en pares, con una base de aluminio que se “ajustaba” al tamaño del pie y te brindaban una modesta  velocidad  cercana  a los   10Km/h, hasta llegar a los  codiciados Roller Blade o Chicago,  con ruedas de silicón, pastillas chatas ABEC5 y emplazadas en una única formación líneal,  que  brindan una velocidad de hasta 60Km/h. Un desarrollo similar le ha ocurrido a las patinetas: comenzaron con las clásicas tablas  con ruedas de plástico,  que después de una buena rodada se fundían debido al calor y la abrasión, claro (mala combinación),  hasta la llegada al mercado de las muy deseadas Powell Peralta, tablas con diseño aerodinámico, antideslizantes  y con ruedas resistentes que si te acostabas sobre la tabla para minimizar la acción del viento  podías alcanzar hasta los 70km/h bajando por la avenida Yaracuy.

                Empezaban los años  noventa y con ellos las transformaciones en la población juvenil de San Felipe. La incuestionable influencia de la televisión causó efectos positivos en la evolución de la actividad del patinaje. La promoción era  impetuosa en ese sentido;  desde películas hasta comerciales para televisión  mostraban deslumbrantes patines, esplendorosas patinetas. Una impresionante  ola “domada” por surfistas californianos se lograba apreciar en las más populares series de televisión que llegaban a ese ávido público juvenil  y,  como cualquier componente comercial, todas esas manifestaciones se adoptaron  como moda. Sin embargo, si puede afirmarse sin ninguna duda que la disciplina, como deporte organizado, también ganó, especialmente.

 

                Tradicionalmente,  era  la época navideña la que la muchachada de San Felipe escogía para patinar con mucho entusiasmo y de manera más grupal.  Posteriormente  esa rutina cambió. Cambios evidenciados en la cotididianidad del ciudadano normal y corriente; modificación en las   conductas sociales y evolución en sus manifestaciones propias. En nuestra ciudad, durante esos primeros años noventa,  existían dos sitios de afluencia masiva de patinadores: la plaza Cruz Carrillo en la urbanización La Ascensión y la icónica Plaza Bolívar. Después de estos lugares de encuentro, se construyó el popular “Ocho”, una especie de piscina de cemento, que pretendía imitar medianamente las pistas de patinaje  al estilo estadounidense que ya se venían masificando (como ocurre con la mayoría de sus escenarios y deportes) por el resto del mundo.

 

Este “8” permitía desplazamientos, piruetas y, obviamente, los inevitables “carajazos” que soportábamos quienes nos arriesgábamos a entrar en él. Ubicado en la urbanización Los Sauces en el municipio Independencia,  era lo más parecido que teníamos a una verdadera pista skate. Allí muchos aprendimos a hacer piruetas y a  perderle el miedo a las caídas, sentíamos adrenalina y sobre todo, adquiríamos nivel competitivo;  pocos se atrevían a saltar en esta pista de concreto en forma del número ocho, por eso su nombre. Hoy mis recuerdos están cubiertos de maleza, al igual que esa pista, sumida en el abandono, la indiferencia.

                La plaza Cruz Carrillo, servía para saltar sus enormes escaleras, para bajarlas patinando, para brincar los muros y lanzarse desde el kiosco del «Pollo» y culminar en la misma. En  la plaza Bolívar se lograba desarrollar más velocidad por su piso, lo que generaba mayor desplazamiento, patinabas hacia atrás y era más rápido; una ventaja extra que tenía esta plaza era  que podías impulsarte desde el semáforo del Rómulo y llegabas en segundos a ella.

                Igualmente, la avenida Yaracuy era muy patinada, al igual que las vías aledañas  al polígono de tiro, la avenida Paulo Emilio Ávila, la avenida Las Fuentes. Y es que todo es de bajada en San Felipe,  por la condición de valle de nuestra ciudad: una ladera, un piedemonte. Guindarse a los carros también fue muestra de que las cosas cambiaban hasta en la manera de patinar.

 

                Los patines que usábamos fueron de cuatro ruedas hasta que a la plaza Cruz Carrillo, llegó Juan Carlos Guédez con unos patines lineales con plancha de aluminio. Mientras los demás desarrollábamos unos 30km/h, este muchacho pasaba los 60km/h, si nos lanzábamos desde la redoma de la fuente del indio en la avenida Yaracuy y cruzábamos en la Paulo Emilio hasta la ascensión, nosotros por el Fray Luis y él, Juan Carlos ya estaba tomándose un “fresco” en la panadería de La Galeria.

                Lo más cercano a patín lineal que habíamos visto era aquel comercial para la televisión de Cocacola, donde varios patinadores hacían piruetas mientras mostraban lo nuevo en ingeniería roller, los patines en línea. El mercado se preparó para la llegada de esta innovación y,  a la par, la sociedad sanfelipeña comenzaba con los típicos mitos, que “”¡si te pones esos patines te puedes partir las canillas!”. “Si patinas en cuatro ruedas no podrás patinar en línea”. “¡Los patines en línea son del diablo!”. Mientras que en la televisión veíamos como los muchachos con patines en línea, patinaban hasta por las paredes, y brincaban a tal altura como en la película “Airbourne”, donde se podía ver jóvenes en una competencia de patines descendiendo la “bajada del diablo” (ver la película).

 
                Al desplazarte  con patines cuatro ruedas, te sentías un poco más seguro, confiado, pero al hacerlo con patines lineales sentías que la seguridad no importaba casi nada, era mejor sentir la velocidad, la presión, el vértigo y saltar, saltar, saltar. Al poco tiempo de ingresar al mercado nacional, ya se podían comprar esos patines lineales en La Casa del Ciclista o en la tienda Yonekhura y claro que eran caros, pero había que usarlos, los cuatro ruedas ya no daban la nota, tenías que montarte en unos lineales para que sintieras todas esas emociones confluyentes (vértigo, presión,  peligro,  velocidad). Así se vivió esa transición,  así se cumplió el ciclo, pero como todo ciclo, ¡vuelve!,  y ya se logran ver algunos patines cuatro ruedas de nuevo en las calles y avenidas sanfelipeñas y no se trata de que el formato lineal haya fracasado,  se trata de moda, se trata de lo retro, se trata de que la vida es cíclica y lo clásico siempre estará vigente. La vida es una sola, pero…¡hay que patinaaarr!

 

 

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