Malabarista aprovechan la luz roja del semáforo

 “Hay un malabarista en el semáforo”. Esta es, generalmente, la primera frase de muchos automovilistas ante la presencia de un artista en el aparato de colores. Muchas veces despectivamente, tal vez por el apuro. Otras como comentario y otras con júbilo.

Viéndolo desde afuera ser artista callejero, en este caso malabarista de semáforo, no parece ser tan fácil. Está latente el peligro. Cuando del rojo pasa al verde, hay que estar muy atento.

Para saber cómo es estar debajo del semáforo, frente a los autos, haciendo malabares para robarle una sonrisa a la persona que viene en el auto y ganarse una moneda o pasar un buen rato, hay que ir hasta el lugar.
Y en  estas tardes del primer mes del año, en el cruce de la a venida la Patria con José Joaquín Veroes, en el semáforo, allí estaba Andrea y Héctor  lanzando mazas  por los aires, quienes toman el espacio generalmente cuando cae la noche.
Ella es una joven estudiante de  Comunicación social en la Universidad Bolivariana de Venezuela, en la aldea La Cuchilla en el municipio San Felipe.


La acompañaba el joven y se mostraron reacios hablar, pues ya tuvieron una experiencia en Maracaibo, en el estado Zulia,  cuando una periodista fue a entrevistarlos y al otro día salió publicado que eran unos malandros. Al fin, se decidieron.
Cuando el semáforo marcó el verde, Andrea cuenta que en la calle se aprende todo y hay que buscar lo positivo y una cosa  es el malabar. Tiene tres años practicando y lo cataloga como un deporte.
“Me enseñaron unos amigos en Maracaibo, mi hermana estudia allá y fui a visitarla y me empezó a gustar”
Andrea practica malabares con mazas, suines (cintas o con banderas), trabaja con fuego, pelotas y antorchas, ese día solo jugaba con mazas y dijo” aquí practicamos y la gente a veces nos paga” Algunos de los que esperan mientras cambia la luz del semáforo, retribuyen su acto de pocos minutos con  algunas monedas.

Junto a ella, se encontraba Héctor Ramones, procedente de San Antonio, en el estado Táchira y dijo que estudiaba sexto semestre de Comercio exterior en una universidad privada y debido a una crítica situación debió abandonar y emprender un viaje por el país. Se queda en hoteles de San Felipe y con lo que recoge  en los  semáforos paga su hospedaje, comida y ropa.
Héctor, quien lleva un año con sus juguetes, explica que juega con fuego, está aprendiendo a manejarlo por el cuerpo y lo enseñan los videos, y piensa  iniciar de nuevo sus estudios pero en la UNEY pues allí hay una carrera que le gusta, diseño.



En esta ciudad capital hace unos cuantos años se dio una oleada de malabaristas y revela Héctor, que hoy día se agruparon en colectivos, otros trabajan en circos y algunos se fueron a estudiar y solo quedan en los semáforos los aprendices.
Los malabaristas de calle amantes del arte circense  en su mayoría  prefieren trabajar por su cuenta.


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