Visita al templo de la Presentación de Nuestra Señora por Mariano Martí el 4 de enero de 1782
Desde finales de 1781, todos los moradores de San Felipe El
Fuerte están poseídos de un verdadero frenesí colectivo de preparativos tan
espléndidos como ostentosos para el engalanamiento en pleno de la ciudad.
Creen los habitantes que esos días de enero será una de sus
más memorables fechas. Es su oportunidad de demostrar al ilustrísimo visitante
quien llegará a comienzos del año
entrante, que San Felipe El Fuerte es una auténtica ciudad; que es muy
merecedora de ese título de ciudad que le fuera otorgada por el monarca
español, el rey Felipe V, en 1729; que después de esos poco más de cincuenta
años, ya sus habitantes no vivían en aquel poblado que se había llamado Cerrito
de Cocorote, tan despreciado y atacado por las autoridades de Nueva Segovia de Barquisimeto (Rodríguez, Rivero
1979).
El tan esperado e importante visitante es el máximo jerarca
de la Iglesia Católica en Venezuela, el
Obispo Mariano Martí. Este alto prelado, de origen catalán, ejerce su cargo
desde 1770 y al año de haber llegado, inicia un incesante peregrinaje a lo
largo del territorio de la Venezuela colonial y alcanzará a recorrer 350
pueblos, villas y ciudades durante un lapso de 12 años, 3 meses y 22 días.
En el recorrido, Martí
escribe incesantemente un memorial de cada visita, día tras día, año
tras año. Cuando finalmente logra terminar sus giras, registrará en siete
tomos, el mayor inventario que se haya hecho en algún otro lugar de las
colonias españolas (Garmendia, 2009).
En los primeros días del mes de enero del año 1782, llega a
la ciudad de San Felipe El Fuerte, el Obispo Mariano Martí en su visita
pastoral.
La comitiva se dirige al Templo de la Presentación de Nuestra
Señora, el 4 de enero de 1782 en San Felipe el Fuerte, dando comienzo a los
actos de rigor. Caballeros clérigos, oficiales de tropas y milicias van
acompañando al cortejo del dignísimo
prelado, quien bajo palio y aferrado al báculo pastoral, hace el recorrido por
las calles, ornamentadas de flores, palmas y damascos que penden de las
ventanas (Nicolás Perazzo, 1981).
Llegado al templo, se dirige en procesión al altar mayor, acompañado por las voces del
coro entonando el himno “Te Deum Laudamus” y al concluir los compases de la
música sacra, el obispo ordena dar lectura al edicto pontifical, expone
solemnemente los motivos de su visita pastoral y emite las ordenanzas
religiosas a las cuales todos deben someterse a partir de entonces (Martí,
1969).
Durante su estadía en San Felipe El Fuerte, al igual que hace
en cada población a la que arriba, el obispo Martí efectúa un reconocimiento e
inventario.
El obispo Martí comprueba que los sacerdotes atienden cuatro
templos: Nuestra Presentación e la Señora, el de la Santísima Trinidad, el de
Nuestra Señora de Candelaria y el de Nuestra Señora de Altagracia. Hay un
convento de franciscanos y se construye otro de dominicos. También hay un
hospicio regentado por monjes dominicos y un hospital para enfermos sin mayores
recursos.
Según su registro, el templo de la iglesia principal, bajo la
advocación de la Presentación de Nuestra Señora, “era muy nueva y fuerte” y “esplendorosa.” Tiene una fachada compuesta
de pilares y cornisas de ladrillo con tres ventanales, cuyas paredes son de
mampostería y partes de ladrillos y su piso enladrillado. La iglesia consta de
tres naves, una más ancha, la mayor, y dos colaterales divididas a cada lado
por cinco columnas y arcos de ladrillos, con techo entejado y reforzado con
tirantes dobles de madera labrada de las cuales penden siete arañas de madera
pintada, con varias luces cada una. El altar mayor cuenta con un retablo de
madera labrada en dorado, encima del cual está un sagrario grande, dos nichos
de santos y tres grandes cuadros al óleo con marcos decorados e imágenes de la
Presentación de Nuestra Señora, y de los apóstoles Santiago y Felipe.
También, tiene tres entradas, una mayor y dos colaterales,
con puertas de madera de doble hoja y un coro elevado sobre la entrada
principal, rodeado de una baranda de balaustres y allí se encuentra un gran
órgano que el Obispo Martí ordena reparar.
A la entrada de la iglesia, a un lado del evangelio se ubica
el bautisterio, enrejado y en cuyo centro está la pila bautismal de mármol que
sostiene un platón conteniendo el agua bendita. También el Obispo ordena que se
acabe de levantar sobre el bautisterio una torre para las campanas, aún sin
terminar. También del lado del Evangelio hay una capilla erigida en honor a la
Virgen de Montserrate y del lado de la Epístola, otra en proceso de
construcción, dedicada a la Virgen del Carmen. De ese mismo lado se halla, resguardado
por cerca, “un buen cementerio […] con varias almenas de ladrillos por la
circunferencia…”
El Obispo registra que en la pujante ciudad de gran actividad
comercial, hay cinco mil veinte personas censadas, “toda especie de gente y de
todas clases” conformados por 1.307 blancos y mestizos, 232 indígenas
adoctrinados, 3.281 mulatos, zambos y
negros libres y 200 esclavos (Duarte, 2009).
Describe Martí que “en la plaza de esta ciudad hay una fuente
con algunos chorros de agua encañada del río Yurubí […] Todas las tierras
inmediatas a la ciudad son buenas […] y producen cacao, maíz, tabaco […]
plátanos, frijoles, algodón y cuanto se siembra o planta, porque acá llueve
mucho y este terreno es cálido…” Las lluvias se repiten “por la mayor parte del
año con rigurosas tormentas de truenos y relámpagos”.

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