27 julio 2010

El comienzo

“ […] Entre el viejo naranjal
toca la guitarra el viento […] “
Carlos Francisco Chagmarín
(Décima al atardecer
en el campo / Fragmento)

Una figura masculina entrada en años, encorvada pero recia, de voz fuerte y presta, manos callosas, sombrero pelo e’ guama y gruesos lentes de carey que le permitían ver trascendiendo los ojos de todos, expresa la voz térrea de su poesía, venida de los verdes cañamelares y sus andanzas de cultivador de esperanzas, con la gracia pícara como signo distintivo:
…dentro de breves momentos vamos a tener la presentación aquí de un nuevo grupo folklórico como es… el estado Yaracuy… como es San Felipe… y como todas las cosas… que hay mucho material humano… pa’ tantas cosas. Lo que ha falta’o es un poquitico de interés y están poniendo interés. Y por eso en esta noche nos van a deleitá, ‘entro ‘e breves momentos, nos van a da’ la solpresa… lo mismo que estoy diciendo… Unos muchachos ¡Jóvenes! En espíritu…
‘Los dibutantes’.
Por que van a debutar esta noche con un aguinaldo… Aguinaldo Yaracuyano del Poeta Campesino…

Era nativo de Guama, comunidad que, entre sus referencias vegetales, tiene el fruto del árbol de guamo al que él le había expresado: “Mi pueblo se llama Guama / nunca lo podré olvidar / Guamita, vaina peluda / pero dulce al paladar. […] Adelante diré más / si la memoria me ayuda, / adiós mi pueblo querido, / adiós Guamita peluda…”. El Poeta Campesino, Don Antonio Sánchez, el del Rancho Conuquero, cuando anunció lo que sería la primera presentación formal del grupo, faltando sólo 12 días para recibir al año 78 del inolvidable siglo XX. Así quedó registrado en una cinta magnetofónica de carrete abierto, para preservar el momento que coloca al grupo, indefectiblemente, viviendo entre dos siglos.
Y es que parece que uno escuchara siempre al poeta más allá de aquel lunes, de luna llena:
jSeñores: muy buenas noches
porque ya llegué a la meta!
Nunca la cosa es completa
cuando hay tanto en qué pensar,
pero hoy vuelvan a escuchar
al Campesino Poeta.

En las ruinas, convertidas desde el 7 de marzo de 1974 en un parque que se distingue en el concierto de los parques nacionales de la república, como reliquia histórica.
San Felipe El Fuerte, guardián de los espíritus tutelares de quienes devolvieron sus pasos pastoreando estrellas aquel jueves santo de 1812, empujados a otro destino por una fuerza sísmica avasallante. La ciudad vetusta, acunada en el costado sur-oeste de la capital de Yaracuy.
Allí estaba también la voz añosa de Don Luis María Jiménez, con sigilo, a distancia prudente, con sus décimas, tonos, fábulas y cantas plenos de sabiduría. Fue él quien descubrió -Literalmente- las piedras de lo que, hasta entonces, era un terreno de siembra. Su terreno paridor de esperanzas vegetales al que por detrás le pasaban los rieles del viejo
ferrocarril Bolívar. Los testigos silenciosos de la ciudad enterrada en el suelo y en la memoria de los lugareños.
En casa no hicieron
ni a que mi sobrino
y si aquí tampoco
sigo mi camino.

Pero, para dónde iban si apenas comenzaba el diálogo de la tambora, la “cochina”, la guitarra, la “guitarrita”, el chapero y el chineco que se unían, junto a solista y estribillo, con el legado de África, de España, de Arabia, de Asia, de nuestros pueblos originarios y la energía de un público que se veía a sí mismo a través de las interpretaciones de un grupo heterogéneo en las ocupaciones de sus integrantes, unidos por ese espacio naciente de búsquedas comunes.
“Cuando el Luango canta llueve”

Pero ese día no llovió. Las nubes que custodian al cerro Marimón, en las faldas de Santa María, estuvieron despejadas.
¿Sería porque en ese momento aún no tenían nombre?
Don Antonio Sánchez, con las cabañuelas casi desandadas, cultivaba una visión en estado de latencia. Era la mano del agricultor sembrando en suelo pródigo las sonoridades de un colectivo “aguijoneado” por los valores múltiples de la tradición cultural, negada al destierro, a pesar de las visiones desarrollistas y modernizantes de una Venezuela que soportaba sobre sus hombros el peso del fracaso de una reforma agraria pensada desde los escritorios y reforzada desde las instituciones educativas, desconectadas de las verdades de los pájaros y las chicharras, sin oír los secretos que la tierra le transmitió al hombre en la construcción parsimoniosa de su visión cosmogónica, donde el respeto mutuo con natura se perdió en el ensimismamiento. Un país que, abruptamente, quiso desligar el campo de la ciudad y confinar las voces primeras que sus custodios conservaron con celo para prolongarlas en amor y entrega.
“No vai a pelá’
con la melodía,
¡Aaay! Sótero Ramírez
con su guitarría…”

Miguel Ángel Castillo, hijo de Francisco Ramón Castillo, “Pancho” Castillo, gallero y comerciante de San Felipe; docente, actor de teatro y promotor cultural, quien para la fecha era Coordinador de Cultura del estado Yaracuy, Xiomara Coll, su esposa, trujillana, arquitecta, venida de la tierra “del runche, el carriel y la camándula”: Cuicas, con su familia, a vivir a Guama. De Guama a Caracas y, culminados los estudios, de Caracas a San Felipe (Y su familia a Barquisimeto); Jacobo Gil, de Zumuco, director-fundador del conjunto de aguinaldos “El Redentor”, deportista y monaguillo en sus años mozos; maestro en su desempeño profesional; Froila Gil, su sobrina, músico versátil, cantante, ejecutante del cuatro, la mandolina y la guitarra, egresada de la primera promoción del Tecnológico del Yaracuy (IUTY) e integrante del grupo “Cuerdas y Voces del IUTY”, Rudy Kreubel, abogado, militante y dirigente político socialcristiano, su esposa Judith
Camero, profesora, formada en el pedagógico de Caracas, llanera guariqueña, de Altagracia de Orituco, melómanos impenitentes, atados ineludiblemente a la palabra de “los viejos”; dos “Chinos criollos”: Rubén Morón “El Chino Morón”, constructor, también con raíces familiares en el estado Trujillo y Rafael Torrelles, “El Chino Torrelles”, maestro de educación física en la escuela “Cecilia Mujica” de San Felipe, a quien Carmen Durán de Palao, La Negra Palao”, para entonces directora del plantel, no le entendía mucho el asunto de los permisos para ir a cantar; Yolman García, abogado, Juez de la parroquia Salom, en el municipio Nirgua; Luis Guevara, de Puerto Cabello, estudiante, con la inquietud del canto y la investigación en ciernes, Rosina Gallo, de los Gallos de la cuarta avenida de San Felipe, estudiante, Juan Armando Ospino, “Juancho”, “El lagarto”, guitarrista a dedicación completa; siempre buscando sonoridades que traspusieran al instrumento, Damelys Yánez, también estudiante, Ángel Alberto Saturno y su esposa Aída Pérez; él, “comecandela”, “ñángara”, militante de las ideas de izquierda en sus primeros escarceos con la política, ella, médico, de Maiquetía, ambos enamorados de la música, de Guama, del terruño. Todos comulgaban allí, en la misma copa, siguiendo el camino musical trazado desde 1976 por el grupo Un solo pueblo. Comenzaban a abrirse cauce propio en su encuentro providencial con El Poeta campesino, de Guama, Rafael Rivero, de Camunare, Sótero Ramírez, de San Javier, Evangelisto Díaz, de La Sabana de Palito Blanco, Úrsula López, de Farriar, y Julián León, de Santa María.
Bendito sea Dios señores,
bendito sea Dios señores,
que ya no puedo cantar…
Yolman García, armonizaba agrados con una entonación de melodía tristona en su estribillo:
No cuentes conmigo negra…
Hombres y mujeres con blue jeans y franelas de rayas, como el estereotipo del pescador del oriente venezolano, que era lo más accesible al bolsillo y lo que mejor se podía parecer entre todos.
Frente a la avenida 19 de Abril, con el portal de San Felipe El Fuerte como telón de fondo, precisamente en el mes cuyo número representa las cuatro divisiones del espacio por los tres planos que forman el mundo -El impar esencial (Liberación y retorno), y el primer par (Equilibrio y reflexión)-. Allí se afianzaba la memoria de el país ausentee en las voces de “Los dibutantes”.
Andres fernando Rodriguez. Cronica leida en la Jornada del Diplomado para la formacion de cronistas del siglo XXI Gilberto Antolinez, que dicta la UNEY en convenio con la Casa de las Letras, 2009.
En la fotografia: Jacobo Gil,Yolman garica, Xiomara Coll, Froila Gil y Luis Guevara

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