08 marzo 2016

Incendio en la Triangle Shirtwaist en 1911 y las mujeres

Lisbella Páez.- Marzo, anuncia la llegada de la primavera, al fin acaba el duro invierno, que en la ciudad de Nueva York, había sido rudo, días en que para salir al trabajo había que  atravesar centímetros de nieve acumulada en las calles.
         Aquel sábado 25 de marzo, ya en primavera, las flores comenzaban abrirse y en la  fábrica textil Compañía de Blusas el Triángulo, propiedad de Max Blanck e Isaías Harris, que ocupaba los pisos 8º, 9º, y 10º del Edificio Axh de 10 pisos, en la esquina noroeste de Greene Street y la Washington Place, justo al este del Washington Square Park, en Greenwich Village este marzo  de 1911,  marcaría una nueva primavera.
          Describe el poeta Edwin Markham, que “En habitaciones sin ventilación, las madres y los padres cosen día y noche y a los niños que están jugando, les llaman para trabajar junto a sus padres.
         En su mayoría, allí trabajaban mujeres, que desde hacía dos años se mantenían enfrentadas a Blanck y  Harris, algunas habían encabezado la huelga del invierno de 1909, que se extendió a 20.000 compañeras afiliadas al International Ladies Garment Workers (Sindicato internacional femenino de Trabajadores de la Confección).
         Reclamaban mejoras para lograr la humanización de las condiciones laborales imperantes, que eran por demás opresivas,  reducción de la jornada laboral como así también la erradicación del trabajo infantil, también  la ausencia de escaleras de incendio y elementos para combatirlos.
 “Estas mujeres no podían acercarse a hablar con el propietario; tenían que fumar a escondidas porque no tenían ni permiso para comer. Recibían bajos salarios, trabajaban largas horas, el sábado en este caso, y las puertas estaban cerradas con llave. No tenían derechos, ni protección legislativa o representación laboral”
Las condiciones laborales en aquellos establecimientos fueron descriptas por una obrera  en el libro “Mujeres tenían que ser: Historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras. Desde los orígenes hasta 1930” (2011), de Felipe Pigna “¡En esos agujeros malsanos, todos nosotros, hombres,  mujeres  y jóvenes ¡trabajábamos entre setenta y ochenta horas semanales, incluidos los sábados y domingos! El sábado a la tarde colgaban un cartel que decía: ‘Si no venís el domingo, no hace falta que vengas el lunes’
También el sitio http://rwor.org incluye esta descripciónCientos de costureras, acurrucadas sobre máquinas de coser de pedal, confeccionaban blusas para mujer, una tras otra. La luz de unas pocas lámparas de gas arrojaba largas sombras por el galerón y había que esforzarse para ver en la semioscuridad. Montones de retazos de tela cubrían el piso y en el aire muerto flotaban nubes de fibras de algodón.





Las costureras recibían pago por pieza; la más rápida y más capacitada a duras penas ganaba 4 dólares por una semana de seis o siete días. Apenas daba para el alquiler de cuartitos en las destartaladas vecindades y no quedaba casi para la comida. Muchos niños tenían que dejar la escuela y seguir a sus padres al taller. En el "rincón de niños" de la fábrica, trabajaban de "limpiadores": cortaban los hilitos de las blusas amontonadas a centenas a su alrededor.
La fábrica confeccionista Triangle Shirtwaist producía blusas de mujeres, conocidas como "shirtwaists." Normalmente empleaba a 500 obreros, mayormente jóvenes inmigrantes mujeres, con un horario de nueve horas diarias más siete los sábados,8 ganando por sus 52 h de trabajo entre $ 7 y $ 12 por semana,9 equivalente 2014 de $166 a $285 la semana, o $3,20 a $5,50 /h10
Los capataces andaban al acecho, vigilando todo movimiento de las trabajadoras y cronometrando sus idas al baño. Una trabajadora señaló que muchos capataces compraban los recién inventados zapatos de suela de hule, y así podían acercarse a hurtadillas para espiar las conversaciones de las costureras en italiano, yidish y media docena de idiomas más. Había despidos por infracciones leves y en especial por señales de conexión con la fuerte organización socialista de los ghettos”
II
         Y la tarde de este sábado 25 de marzo, un incendio  se propagó  en la fábrica de prendas de vestir,  en varios de los pisos del edificio Axh en el bajo Manhattan Lower East Side.
Los trabajadores de la fábrica, muchos de los cuales eran mujeres jóvenes recién llegadas de Europa del Este e Italia, mujeres inmigrantes entre catorce y veintitrés años de edad. La víctima de más edad tenía 48 años y la más joven 14 años; tuvieron poco tiempo o la oportunidad de escapar. El fuego se propagó rápidamente y causó la muerte de 123 trabajadoras de la confección y 23 hombres que murieron por quemaduras provocadas por el fuego, la inhalación de humo, o por derrumbes.
         El edificio sólo tenía una salida de incendios, que se derrumbó durante las labores de rescate. Largas mesas y máquinas voluminosas atraparon a muchas de las víctimas, otros por el  pánico fueron aplastados mientras luchaban con puertas que estaban cerradas por los gerentes para evitar el robo, o puertas que abrieron el camino equivocado. Sólo unos cuantos cubos de agua a mano para apagar las llamas.
         En el exterior, las escaleras de los bomberos eran demasiado cortas para llegar a los pisos superiores y redes de seguridad ineficaces,  rasgadas como el papel.
Las largas llamas amarillas se alimentaban de la tela  y se extendieron rápidamente por el octavo piso, por los angostos pasillos entre las hileras de mesas corrían trabajadoras en busca de una salida por las escaleras o pequeños ascensores. No había nada a la mano para combatir el incendio. Lo único que se podía hacer era advertir a las demás y tratar de huir.
Jamás se había llevado a cabo un ejercicio de respuesta a incendios. Muy pocas trabajadoras sabían que existía una escalera de escape que bajaba por un angosto pozo vertical en el centro del edificio. Algunas lograron bajar apuradas por la escalera principal, antes de que las llamas la bloquearan. Otras subieron al ascensor, llenándolo al tope encima de las cabezas de las que estaban paradas, sin dejar espacio ni aire. Descendió a la planta baja y dejó de funcionar.
Arriba, el octavo piso se volvió una masa de llamas. Alguien telefoneó una advertencia a las oficinistas del décimo piso. La mayoría tuvo tiempo para subir a la azotea. En el noveno piso, no hubo advertencia: las llamas irrumpieron por debajo de las mesas de trabajo; el humo llenó el galerón rápidamente. Luego, se descubrieron esqueletos calcinados agachados sobre las máquinas; o, cuando las llamas les alcanzaron las ropas, se subieron a las mesas y ahí murieron.
Hallaron montones de cadáveres acurrucados cerca de las puertas de salida. En el noveno piso, los capataces tenían cerrada con llave la salida a una escalera para que las trabajadoras no salieran a descansar. Otras salidas no estaban con llave pero abrían hacia adentro y no se podían abrir con el peso de tanta gente desesperada.
Algunas mujeres lograron bajar por la escalera de escape. Las primeras que bajaron por el pozo encontraron que las escaleras metálicas no llegaban al suelo. Era una trampa sin salida, pero imposible dar marcha atrás. Por la implacable presión y peso de las mujeres a su espalda, simplemente caían desde el último peldaño. Después, encontraron muchos cadáveres, lanceados por las varillas de hierro de una cerca.
Bajo el peso de las trabajadoras, la escalera desvencijada se derrumbó. Desde los salientes muchas trabajadoras no pudieron alcanzar ninguna salida y las llamas las obligaron a huir de los galerones. Brincaron y cayeron por el pozo del ascensor; se hallaron al menos 20 cadáveres al fondo. Muchas tuvieron que salir por las ventanas: se formaron en fila india en los angostos salientes, mirando hacia las multitudes en la calle abajo.
Los primeros bomberos con escaleras, la Compañía 20, llegaron corriendo por la calle Mercer. La multitud gritaba, con una sola voz: "¡Suban la escalera!". Pero había subido al máximo y solo alcanzaba hasta el sexto piso. Desde el reborde del noveno piso una muchacha agitaba un pañuelo. Una llama le quemaba el borde de la falda. Saltó y trató de agarrarse del tope de la escalera, que quedaba como a 10 metros, pero fue inútil y cayó como un cometa en llamas.






Los bomberos usaban las mangueras para proteger a la gente atrapada en los salientes, pero fue inútil. Ante la multitud horrorizada, las llamas forzaron a más y más trabajadoras hacia los salientes. No cabían más y las llamas alcanzaron a quienes estaban más cerca a las ventanas. Muchas costureras, compañeras de vida y de trabajo, se abrazaron fuertemente y saltaron juntas. No sirvieron las redes de los bomberos, pues el peso de los cuerpos en picada las desgarró e incluso cuarteó la acera. (La Neta del Obrero Revolucionario)
         El New York World escribió: "Hombres y mujeres, muchachos y muchachas, amontonados en los salientes, gritaban y saltaban al espacio, a la calle abajo, con la ropa en llamas. Cuando unas muchachas saltaron, su cabello flotaba en llamas. El impacto en el pavimento producía un ruido sordo".
Según un informe del Jefe de Bomberos, el incendio pudo provocarse por una colilla mal apagada tirada en un cubo lleno de restos de tela que no se había vaciado en dos meses. Un artículo del New York Times sugería que podía haberse originado en el motor de una máquina de coser.

La catástrofe conmocionó a la ciudad. En recordatorio a este sangriento hecho bajo el lema “Por un Planeta 50-50 en 2030: Demos el paso para la igualdad de género”, hoy 8 de marzo se conmemora el Día internacional de la mujer.(Fotos inter)

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